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MONS. JOSÉ RAFAEL QUIRÓS QUIRÓS
VII Arzobispo de la Arquidiócesis de San José
"Ofrenda Permanente"


Secretaria: Luisa Castro Ocampo
E-mail: lcastro@arquisanjose.org


Arzobispo de San José

La mañana del jueves 4 de julio del 2013 el Vatican Information Service (medio de comunicación oficial del Vaticano) dio a conocer que el Papa Francisco nombró a Monseñor José Rafael Quirós Quirós, hasta ahora obispo de Limón, como arzobispo metropolitano de San José en Costa Rica. Sucede al obispo Hugo Barrentes Ureña cuya renuncia ha sido aceptada por límite de edad.

A continuación un recuento del Arzobispo electo de San José:

  • Nació el 1 de mayo de 1955 en Llano Grande de Cartago, entonces pertenecía a la Arquidiócesis de San José, ahora Diócesis de Cartago.
  • Realizó los estudios de Primaria durante los años de 1962 a 1967 en la Escuela Mixta de Llano Grande, y los de Secundaria durante los años de 1968 a 1972 en el Seminario Menor de Tres Ríos.
  • Realizó sus estudios Superiores en Filosofía y Teología durante los años de 1973 a 1980 en el Seminario Central de Costa Rica.
  • Fue ordenado Sacerdote el 5 de marzo de 1981 en la Catedral Metropolitana de San José.
  • Obtuvo la Licenciatura en Derecho Canónico en la Pontificia Universidad Gregoriana de Roma entre 1982 a 1984.

Durante su ministerio sacerdotal desempeñó los siguientes oficios:

  • Vicario Parroquial de la Parroquia de Santa Teresita del Niño Jesús en San José (1981-1982).
  • Vicario Parroquial de la Parroquia El Carmen, San José (1984-1985)
  • Formador del Seminario Central de Costa Rica (1986-1989)
  • Miembro de la Comisión Central del V Sínodo Arquidiocesano (1984).
  • Participó en las sesiones conclusivas del V Sínodo Arquidiocesano como miembro de la comisión redactora (1984)
  • Juez del Tribunal Eclesiástico (1985).
  • Profesor de Derecho Canónico en el Seminario Central de Costa Rica (1985-1993).
  • Profesor de Derecho Canónico en la Universidad Católica Anselmo Llorente y Lafuente (1993-2002).
  • Vicario Judicial Adjunto del Tribunal Eclesiástico Provincial de Costa Rica (1985-1989).
  • Vicario Judicial del Tribunal Eclesiástico de Costa Rica (1989-2002)
  • Capellán de la Fuerza Pública (1995-1997).
  • Residente colaborando en la Iglesia de San Francisco de Heredia (1993-1995).
  • Director Ejecutivo del Secretariado de la Conferencia Episcopal (1998-1999).
  • Responsable del Centro de Animación Pastoral “Patriarca de San José de Ulloa, Heredia de 1995 a 1999.
  • Participó como perito en el Segundo Sínodo de Alajuela (2000)
  • Cura Párroco Parroquia Patriarca San José, Ulloa de Heredia (1999-2002).
  • Miembro del Consejo Presbiteral, Colegio de Consultores y Consejo de Asuntos Económicos de la Arquidiócesis (2002-enero 2006).
  • Vicario General y Moderador de la Curia de la Arquidiócesis de San José (2002 – enero 2006).

El 2 de diciembre de 2005, fue nombrado por el Papa Benedicto XVI como segundo Obispo de la Diócesis de Limón. Recibió la Ordenación Episcopal el 22 de febrero de 2006.

En la Conferencia Episcopal ha desempeñado estos servicios:

  • Presidente de la Comisión Nacional de Pastoral de Turismo Presidente de la Comisión Nacional de Pastoral Juvenil
  • Presidente de la Comisión Nacional de Comunicaciones
  • Tesorero de la Conferencia.

EN EL CELAM

Miembro del Departamento de Comunicación y responsable en esta área de la Región de Centro América y México. (2011-2014).

 

Breve Explicación Del Escudo Arzobispal De Monseñor José Rafael Quirós Quirós
Pbro. Jafet Peytrequín

DESCRIPCIÓN
La forma geométrica del escudo responde al modelo español o portugués, a saber, con el borde inferior redondeado en la punta. La distribución interna del escudo ha sido hecha bajo el modelo de cortinado, lo que lo divide en tres partes o cuarteles. En el cuartel central, llamado también corazón, se encuentra, sobre un fondo de plata (blanco), una varita de nardos entrecruzada con una espiga de trigo. En el cuartel diestro del jefe (a la izquierda del observador) y sobre un fondo de gules (rojo) se encuentra en oro (amarillo) un libro abierto, con una pluma de escribiente sobre él. En el cuartel siniestro del jefe (a la derecha del observador), sobre un fondo de azur (azul) está colocada en oro (amarillo) una estrella deocho picos, rodeada por una “corona del Rosario” de sable (negro) cuyo punto de encuentro con el colgante inferior es un corazón que remata en una cruz.

Correspondiente con la heráldica eclesiástica, el escudo de arzobispo lleva en el adorno exterior un capelo de sinople (verde)cuyos soportes o tenantes son, a cada lado, un cordel a diez borlas también de sinople (verde), puestas en cuatro órdenes (1, 2, 3, 4). El escudo está puesto sobre un báculo con una cruz de procesión a doble travesaño.Además, por tratarse de un arzobispo metropolitano, en su debido momento, deberá colocarse en la punta del escudo (en la parte inferior, conocida como condecoración), el palio.
Como lema o divisa y colocado en la parte inferior sobre una banda amarilla se lee “OFRENDA PERMANENTE”.

EXPLICACIÓN DE LAS FIGURAS
VARITA DE NARDOS:Simboliza a San José, Patrono de la Iglesia Universal y Patrono de la Arquidiócesis.
Desde el principio de la cristiandad, uno de los santos más venerados ha sido San José, el padre en la tierra de Jesús, un hombre casto que recibió en sueños el llamado de Dios y aceptó al hijo de María como suyo, protegiéndolo y haciéndole un hombre de bien.

A pesar que la sagrada escritura no da una definición de lo que ha sido la vida de San José, este fue el fiel servidor que Dios designó para que criara a su hijo hecho hombre en la tierra. San José es sinónimo de amor de padre y de trabajo duro. Por eso, se le conoce como “El varón justo”. El 21 de marzo de 1935, el Papa Pío XI, aprobó reconocer las virtudes de San José con las siguientes letanías:
- Esposo de la Madre de Dios
- Custodio purísimo de la Virgen
- Diligente defensor de Cristo
- Jefe de la Sagrada Familia
- José justo
- José casto
- José obediente
- José fiel
- Espejo de Paciencia
- Amante de la pobreza
- Gloria de la Vida doméstica
- Custodio de las Vírgenes
- Patrono de los moribundos
- Protector de la Santa Iglesia
- Sostén de las familias

El Papa León XIII, muchas veces se refirió a San José con una confianza plena en su patronazgo ante los tiempos difíciles en la Iglesia. El Papa Pablo VI, invitaba siempre a que se invocara el patronazgo de San José, cuando se intercedía por la Iglesia.
En Octubre de 1989, el Beato Juan Pablo II, escribió una Exhortación Apostólica llamada RedemptorisCustos("El custodio del Redentor") dedicada a entender y profundizar sobre la figura y misión de San José en la vida de Cristo y de la Iglesia. En dicha exhortación es llamado “ministro de la salvación”, por haber “convertido su vocación humana al amor doméstico con la oblación sobrehumana de sí, de su corazón y de toda capacidad, en el amor puesto al servicio del Mesías, que crece en su casa.” (RC 8)
San José hace referencia a la familia, pues “es en la Sagrada Familia, en esta originaria "iglesia doméstica", donde todas las familias cristianas deben mirarse. En efecto, "por un misterioso designio de Dios, en ella vivió escondido largos años el Hijo de Dios: es pues el prototipo y ejemplo de todas las familias cristianas." (RC 8)
San José hace referencia al trabajo. En José se entrelazan de manera significativa la Familia y el trabajo. “Si la Familia de Nazaret en el orden de la salvación y de la santidad es ejemplo y modelo para las familias humanas, lo es también análogamente el trabajo de Jesús al lado de José, el carpintero.” (RC 22)
Familia y trabajo son integrados así al misterio de la encarnación y por ende al misterio de la redención. Ambosson constituidos como lugares naturales para participar y desarrollar el proyecto de Dios.
La presencia de San José en el escudo arzobispal, alude en primer lugar al patronazgo universal y particular de este santoy pone en manos de aquel a quien Dios escogió como custodio de la Virgen y protector de su Hijo único, la vida de la Iglesia que peregrina en San José y el ministerio episcopal de Mons. Quirós. Pero también evoca dos de las preocupaciones principales del señor arzobispo: la familia y el mundo del trabajo.

ESPIGA DE TRIGO: Simboliza la Eucaristía y la disposición de ofrecerse como “hostia viva, santa, agradable a Dios” (Romanos 12, 1)
Ya lo decía de manera contundentemente el Beato Juan Pablo II: “La Iglesia vive de la Eucaristía”, y añadía, “esta verdad no expresa solamente una experiencia cotidiana de fe, sino que encierra en síntesis el núcleo del misterio de la Iglesia.” (Ecclesia de Eucharistia, 1). La Eucaristía, por tanto, como sacramento por excelencia del misterio pascual, está en el centro de la vida eclesial. La Eucaristía, como bien lo dice el Concilio Vaticano II, es “fuente y culmen de toda la vida cristiana” (LG 11), y “en la Santísima Eucaristía está contenido todo el bien espiritual de la Iglesia.” (PO 5), pues en la Eucaristía “se contiene, se ofrece y se recibe al mismo Cristo Nuestro Señor” (CIC 897).

Ahora bien, como dice el Catecismo “El mandamiento de Jesús de repetir sus gestos y sus palabras "hasta que venga" (1 Co 11,26), no exige solamente acordarse de Jesús y de lo que hizo. Requiere la celebración litúrgica por los Apóstoles y sus sucesores del memorial de Cristo, de su vida, de su muerte, de su resurrección y de su intercesión junto al Padre.”(CEC 1341). Por tanto, con la Eucaristía el Apóstol y sus sucesores continúan alimentando la vida de la comunidad eclesial, pero a la vez ponen en contacto a toda la humanidad con el misterio de la redención. Es en esta línea cómo Mons. Quirós, asociado al ministerio de los Apóstoles y compartiendo con ellos la misión que recibieron por encargo de Nuestro Señor Jesucristo, incluye en su escudo este signo eucarístico, como reconocimiento de que como Iglesia, si estamos separados de Cristo no podemos hacer nada (Cfr. Jn 15, 6), pero a la vez que todo lo podemos en aquel que nos fortalece (Cfr. Flp 4, 13).
Por otra parte, pero siempre en relación con la Eucaristía, la espiga de trigo recuerda las palabras de San Ignacio de Antioquía (s. II): “Trigo soy de Dios, molido por los dientes de las fieras y convertido en pan puro de Cristo”, la cual manifiesta la plena disponibilidad del apóstol a ofrecer su vida como “sacrificio agradable a Dios”, o como reza el lema del mismo escudo, a ser “ofrenda permanente”. Mons. Quirós, de esta manera, no se identifica sólo con aquel que ofrece la Eucaristía para la vida del pueblo a él encomendado, sino también como aquel que ofrece a Dios toda su persona en favor de ese mismo pueblo.

LIBRO ABIERTO, CON PLUMA DE ESCRIBIENTE SOBRE ÉL:simboliza la provincia de Heredia y el valor de la educación.
Una porción muy importante de la Arquidiócesis de San José pertenece a la provincia de Heredia. Mons. Quirós quiso en su escudo reconocer la importante y significativa presencia de esta provincia en el territorio diocesano, pero además ligarla con el legado histórico que en relación con ella ha tenido la educación costarricense, valga mencionar la creación de la Escuela Normal y la posterior fundación de la Universidad Nacional.
La Iglesia, como madre y maestra, la “importancia decisiva de la educación en la vida del hombre y su influjo cada vez mayor en el progreso social contemporáneo.” (GE Proemio). Mons. Quirós reconoce, junto con toda la Iglesia, el papel preponderante de la educación en el desarrollo de los pueblos.
La educación, afirma el Concilio, no debe descuidar el deber de orientar hacia su fin último a la persona humana y promover la responsabilidad de todos en relación al bien común. Por tanto, exhorta a todos aquellos que cuidan de la educación de otros a “que se esmeren en formar a los hombres de tal forma que, acatando el orden moral, obedezcan a la autoridad legítima y sean amantes de la genuina libertad; hombres que juzguen las cosas con criterio propio a la luz de la verdad, que ordenen sus actividades con sentido de responsabilidad, y que se esfuercen en secundar todo lo verdadero y lo justo, asociando gustosamente su acción con los demás.” (DH 8).

ESTRELLA DE OCHO PICOS, RODEADA POR UNA “CORONA DEL ROSARIO”: simboliza a María, estrella de la primera y de la nueva Evangelización (Ecclesia in America, 5).
Esta alusión a María, bajo el hermoso título de “Estrella de la evangelización”, viene referida a Papa Pablo VI quien la quiso aclamar así en el n. 82 de la Exhortación Apostólica EvangeliiNuntiandi, llamada por muchos la “carta magna” de la evangelización. El Documento de Puebla (303) retoma este título y posteriormente el beato Juan Pablo II lo utiliza para poner bajo el abrigo de la Madre de Dios la Nueva Evangelización, pues que así como en el Cenáculo, ella estuvo presente en el inicio de la primera evangelización, Juan Pablo II pidió que lo esté también ahora en los tiempos de la nueva evangelización.
Al lado de María y como signo de la autenticidad de nuestra devoción mariana, es necesario que todos los creyentes asumamos nuestra responsabilidad evangelizadora y misionera. "La Evangelización es la misión esencial de la Iglesia, su dicha y vocación y su identidad más profunda" (EN 14).

No es casualidad entonces que en la proposición 58 del Sínodo de la Nueva Evangelización se le haya querido invocar nuevamente bajo este título. La proposición dice así:
“El Concilio Vaticano II presentó a María en el contexto del misterio de Cristo y de la Iglesia (cf. Lumen gentium, nn. 52-68). El Papa Pablo VI la declaró «Estrella de la Evangelización». Ella es, por lo tanto, el modelo de la fe, la esperanza y el amor. Es la primera en ayudar a llevar discípulos al Maestro (cf. Jn 2); en el Cenáculo es la Madre de los creyentes (cf. Hch 1, 14).
Como Madre del Redentor, María se convierte en testigo del amor de Dios. Ella cumple libremente la voluntad de Dios. Es la mujer fuerte que permanece, junto con Juan, al pie de la cruz. Ella siempre intercede por nosotros y acompaña a los fieles en su camino hasta la cruz del Señor.

Como Madre y Reina, es signo de esperanza para los que sufren y los necesitados. Hoy es la «Misionera» que nos ayudará en las dificultades propias de nuestro tiempo y que con su cercanía abre a la fe los corazones de hombres y mujeres.

Fijamos nuestra mirada en María. Ella nos ayudará a proclamar el mensaje de la salvación a todo hombre y mujer, para que ellos también se conviertan en agentes de evangelización (...).”

María es Estrella de la evangelización porque conduce, señalando inequívocamente el camino a seguir. Orientarse por su ejemplo y su palabra es la mejor garantía para alcanzar con seguridad el objetivo: Dios y su reinado entre nosotros.

María es Estrella de la evangelización porque brilla y con su luz ilumina a aquel que nos sacó de las tinieblas del pecado y nos hace vivir en la luz de la gracia. En la Virgen resplandecen de manera admirable todos los valores evangélicos. Ella es un “catecismo viviente”, un libro abierto donde en forma sencilla y clara están contenidas todas las verdades de la fe.

María es estrella de la evangelización porque atrae e impulsa a seguir su ejemplo de total adhesión al Señor. Redimida como nosotros, la Palabra encuentra en ella la mejor acogida y se vuelve vida en abundancia, su ejemplo posee una fuerza de atracción especial porque es cálido y cercano.

Ante los retos, siempre actuales, que enfrenta la misión evangelizadora de la Iglesia, Mons. Quirós ha querido manifestar en su escudo el deseo y compromiso para asumir, a ejemplo de María, los desafíos permanentes de la misión y de modo particular aquellos que presenta la nueva evangelización. En el horizonte que señala María como “estrella de la evangelización” contemplamos la continuidad del impulso misionero ya iniciado por los anteriores arzobispos y con el cuál Mons. Quirós se siente plenamente identificado.

 

OFRENDA PERMANENTE
P Alfonso Mora Meléndez

El VII Arzobispo de la Arquidiócesis de San José, MONSEÑOR JOSÉ RAFAEL QUIRÓS QUIRÓS, tiene como lema de su ministerio episcopal una expresión consagrada en la III Plegaria Eucarística, y que marca la orientación de su labor pastoral y de su espiritualidad episcopal.

El Lema es: «OFRENDA PERMANENTE»

Monseñor Quirós explica la elección de este lema y la incidencia del mismo en su labor pastoral, con las siguientes palabras:

Cristo don del Padre a la humanidad, y a su vez la ofrenda que el Padre acepta. En Cristo y por Cristo somos víctima agradable a Dios. Veo en el llamado que me ha hecho el Señor, un don que me lleva a donarme plenamente, ser ofrenda para todos, para conducirlos al encuentro con el Señor. Es la presencia del Señor en mi vida la que hará posible, “me transforme en ofrenda permanente”.

Nos proponemos, en pocas líneas dar una sencilla catequesis para el pueblo de Dios, a fin de que sepamos, no solamente el sentido de este lema para nuestro Arzobispo Metropolitano, sino qué actitud nos corresponde a nosotros, ministros y fieles laicos, de cara al significado y las implicaciones consecuentes.
Nuestro recorrido reconoce la doble vertiente, a saber, la iniciativa de Dios y la respuesta de su pueblo.
Es por eso que miramos qué actitud tiene Dios para con nosotros, y qué actitud en respuesta espera Él de nosotros.

DIOS, OFRENDA PARA EL HOMBRE

El principio fundamental de la Revelación Divina es la donación que Dios hace de Sí mismo: Más que comunicar planes, Él se da a nosotros y nos comunica su Ser. Dicho en otras palabras, se comunica dándose a nosotros.

En términos parecidos habla el evangelista san Juan de la Palabra Eterna que «se hizo carne y habitó entre nosotros».
En el encuentro con la samaritana Jesús le dice: « Si conocieras el don de Dios…»
A partir del don que Dios hace de sí mismo, en el principio de todo don está la iniciativa divina: «Todo don perfecto desciende del Padre de las Luces» (Sant 1, 17; cfr- Tob 4, 19).
La imperfección y el pecado del hombre, lejos de impedir la donación generosa que Dios hace de Sí mismo, la motiva y la impulsa: Dar y perdonar, derramar por todas partes su generosidad, inclinarse con atención y emoción hacia los más pobres y los más desgraciados, es el retrato mismo de Dios, por lo cual Él mismo se define así: «Yahvéh, Dios de ternura y de gracia, tardo a la ira y rico en misericordia y fidelidad» (Ex 34, 6)

La primera actitud que se impone al hombre es abrirse al don de Dios (Mc 10,15). Recibiéndolo, se hace capaz de auténtica generosidad y es llamado a practicar a su vez el don de sí mismo (1 Jn 3, 16).

El don de Dios en Jesucristo
Dios Padre nos revela su amor al darnos a su Hijo (Jn 3, 16), y en el Hijo se da el Padre a Sí mismo, pues Jesús está totalmente lleno de la riqueza del Padre (Jn 1, 14).
En su fidelidad al amor que le une al Padre (Jn 15, 10) realiza Jesús el don completo de Sí mismo: «da su vida» (Mt 20,28).
La venida de Jesucristo muestra hasta dónde puede llegar la generosidad divina: hasta darnos a su propio Hijo (Rom 8, 32). La fuente de ese gesto de Dios para nosotros es una mezcla de ternura, de fidelidad y de misericordia.
Jesús es el don supremo del Padre (Mt 21, 37), entregado por nosotros. La sensibilidad de Jesús a la miseria humana, su emoción ante el sufrimiento, traducen la misericordia y la ternura de Dios.

El don a Dios en Jesucristo
El sacrificio de Cristo es, a la vez, don de Dios a la humanidad y don de la humanidad a Dios en Cristo. Desde entonces o desde allí, los hombres no tenemos ya que presentar otros dones. La víctima perfecta basta para siempre, como afirma la carta a los Hebreos (7, 27).
Pero a esta Víctima perfecta que es Cristo, debemos unirnos nosotros y constituir, con Él, don para el Padre y don para los demás. Porque la gracia no se recibe como un regalo para guardar, sino para que dé frutos. (Jn 15; cf. Mt 13, 12).

El don que no espera ser correspondido
Darse, como Cristo, a los otros, adquiere una amplitud y una intensidad que no tienen comparación. No se busca reciprocidad o recompensa. «Lo que habéis recibido gratis, dadlo gratis» (Mt 10, 8). El cristiano está llamado a considerar todo, bienes materiales o dones espirituales, como riquezas de las que sólo es administrador. Pero el don de Dios en Jesucristo nos lleva todavía más lejos: Jesús «ofreció su vida por nosotros», y así la gracia nos empuja a «ofrecer también nosotros nuestra vida por nuestros hermanos» (1 Jn 3, 16), porque «no hay mayor amor que el de aquel que da la vida por sus amigos» (Jn 15, 13).

Nosotros mismos somos ofrenda en sacrificio espiritual
No podemos ser oferentes con Cristo sin ser ofrecidos con Él, como nos recordaba ya la Encíclica MEDIATOR DEI, de Pío XII (noviembre de 1947).
«La Iglesia cada día, ofreciendo a Cristo, aprende a ofrecerse a sí misma», dice san Agustín (De Civitate Dei X, 20); más aún, es ésta la única forma verdadera de hacer memoria en Él; no se trata simplemente de repetir los gestos y las palabras, sino que es preciso entrar en sus sentimientos.
Para poder vivir con sinceridad ese Cuerpo entregado, debemos vivir nuestra vida cristianamente haciéndonos a nosotros mismos don, sea cual sea nuestra vocación específica.
Igualmente, para poder hacer nuestro y ofrecer ese sacrificio en el que Jesús se ha hecho obediente hasta la muerte, debemos consumir nuestra existencia en una total obediencia a la voluntad del Padre, llevando a término plenamente su proyecto de amor sobre nosotros.
En la Eucaristía como en ningún otro momento, se cumple la palabra del Señor: «Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por sus amigos» (Jn 15, 13). Celebramos en ella precisamente su gesto de amor, que exige de nosotros otro tanto.
Sabemos que no podemos añadir nada al sacrificio único y perfecto de Cristo, que ya ha merecido todo, y es sobreabundante para todas las necesidades de salvación y santificación del mundo entero. Si hoy lo hacemos presente en la celebración memorial de cada comunidad celebrante, es precisamente para que produzca ahora el sacrificio espiritual de nosotros mismos, del que nos habla todo el Nuevo Testamento (cf., por ejemplo, Rom 12, ss).
El sacrificio sacramental del que participamos nos lleva al sacrificio real de nosotros mismos; y el primero es inútil para nosotros si no asume nuestra vida concreta con los sufrimientos y fatigas de cada día, pero también con las alegrías, con las intenciones y oraciones que llevamos en el corazón por nosotros y por todo el mundo, con el deseo o la necesidad de alabar y dar gracias a Dios, de interceder o expiar. La celebración alcanza su verdadera finalidad cuando hacemos de toda nuestra vida una sola ofrenda, un solo sacrificio con la ofrenda y el sacrificio de Cristo, o una sola alabanza, acción de gracias, intercesión, expiación, que por nuestra parte no tienen ningún valor sino en cuanto están insertados en el culto perfecto que sólo Cristo puede expresar por nosotros y con nosotros; para esto precisamente Él se hace presente con su ofrenda y su sacrificio sobre el altar.

De este modo, las plegarias eucarísticas no expresan sólo el «ofrecemos» que tiene por objeto a Cristo y su sacrificio, sino que piden que el mismo Señor «nos transforme en ofrenda permanente» (Plegaria Eucarística III) o que todos seamos por su Espíritu «víctima viva para tu alabanza» (Pleg. Euc. IV).
El Canon Romano, al pedir que nuestra ofrenda sea agradable a Dios como la de Abel, Abrahán o Melquisedec, supone en nosotros una actitud de disponibilidad interior y de donación igual de generosa que la de ellos cuya memoria invocamos.

El Señor es mi heredad y mi copa;
mi suerte está en tu mano:
me ha tocado un lote hermoso,
me encanta mi heredad.

Bendeciré al Señor que me aconseja,
hasta de noche me instruye internamente.
Tengo siempre presente al Señor,
con él a mi derecha no vacilaré.

Me enseñarás el sendero de la vida,
me saciarás de gozo en tu presencia,
de alegría perpetua a tu derecha.

(Del salmo 15)

 


 
 

 

 

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